Llevar la Cruz con alegría

 En estos días me he propuesto esa intención, el pensar mis problemas como pequeñas cruces que debo cargar como lo hizo Nuestro Señor. Hasta hace poco, no más que una semana, procuraba confiarme, como enseña San Luis de Monfort en su tratado para la devoción mariana, a la dulzura de María, a su regazo tal como haría un niño; un camino sin dudas, como dice el santo, fácil y plácido si es que no abandonamos a los brazos de María de corazón.

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Orando con el Niño Jesús

 Hace unos días buscaba en la web acerca de la oración cristiana y encontré un comentario acerca de la oración imaginativa, donde se contaba de San Antonio de Padua, de que oraba imaginado que tenía al Niño en brazos. Busco más información, pero lo que leo es de la visión que había tenido el Santo durante una tarde de oración, cuando el Niño lo visita y se queda en sus brazos, no de su imaginación puesta al servicio de la oración.

san antonio de padua y el niño Sigue leyendo

Madre, Madre, Madre

 Esta tarde, después de muchos años, fui a Misa bajo mi propia cuenta. Había salido a caminar y cuando volvía para casa, me dieron grandes ganas y necesidad de ir. Era lo que me faltaba para sellar mi vuelta a Cristo.

 Llegué con la Misa bien avanzada. La gente estaba por desearse la Paz, así que me puse contento, pues había llegado a tiempo para comulgar. Lo hice y me senté a darle las gracias a María, a mi manera, con una imagen suya en mi mente. Termina la Misa, el Padre habla de María, se da la vuelta, mira hacia arriba, hacia donde están la Virgen y el Niño, y todos empiezan a cantar. Fue maravilloso. Había muchos abuelos, el mismo Padre tenía sus años, y el hecho de que todos le cantarán a María, hablándole de que los acogiera como a niños, y cerrando con la repetición del “Madre, Madre, Madre” me conmovió. El canto, tan de gente sencilla, tan de pueblo, con tanto amor y esperanza que expresaba, fue como un regalo que me regresó a la infancia, a los años tan queridos de catecismo. Salí feliz de allí.

iglesia jesuítica en Córdoba-Argentina
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Orando con la Virgencita

 En la foto de abajo puede verse mi ventana y el jardín de fuera; yo estoy en sentado en la cama. La imagen de la Virgen, una de las varias con las que me acompaño todos los días, la pongo en ese sitio cuando me pongo a orar. Bueno, a intentarlo.

orandole a la virgen niña
 ¿Por qué esta imagen? ¿Y por qué orar con ella? Porque es la única que he encontrado de María con las manos en gesto de plegaria que me gustara, y también porque la inocencia que transmite, dado lo niña que se ve, me anima a imaginar que estoy orando como lo haría de ser un niño y que ella me lo está enseñando y que solo me pide que junte las manos sobre el corazón y la imite. Es una sensación muy linda. Como no me sale orar con palabras, esa imaginación, acompañada del Rosario entre las manos, es la única manera que tengo para hacerlo, al menos de momento.

 Por lo que he leído en varios sitios cristianos, no está mal valerse de la imaginación cuando oramos. Orar con la imaginación es muy hermoso.

El Caminito

 Leía hace unos días de Santa Teresita de Lisieux, de su vida y de su camino de abandono en Jesús. Me entusiasmó mucho. ¿Por qué nunca supe de su “Caminito”?

santa teresita de lisieux

 De adolescente, cuando tuve un fuerte fervor por Dios, solía abatirme ante lo duro de la senda estrecha; como no tenía más guía que las lecturas en solitario de la Biblia, pasajes como el de entregar todo a los pobres y andar con lo puesto me doblegaban grandemente el ánimo. Recuerdo una situación graciosa con el Apocalípsis. Lo había leído y no había entendido nada; a los días, veo en la tele a un cura que dice que para entender el Apocalípsis se precisaba no sé si de santidad o del Espíritu Santo. Fue escuchar eso para que me dijera, con el ánimo por los suelos: “ya está, estoy en el Infierno. No entendí el Apocalipsis, estoy condenado”. Y mejor no cuento lo que me pregunté (por suerte no pasó de una pregunta) cuando leí de San Pablo —si no me equivoco— acerca de los incircunsisos, ja.

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Amigos de nuevo

 Lamento, viejo, haberte negado en todos estos años. Creo en lo que está allá arriba*, porque creo en el amor, y esto lo aprendí de vos. Por eso, cada vez que te negaba, sentía que era un romano que pasaba y te escupía.

cristo en el cielo, y su madre No va a ser como antes, pues no puedo leer el Libro como antes y tampoco santigüarme, como piden algunos, ante otras creencias como antes. Pero, lo que importa está, ¿no?

  Y gracias, y esto te lo digo con lágrimas a tus pies, por dárnosla en la Cruz.

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 *Todavía no me sale usar la palabra Dios y no quiero imponerme a usarla. Supongo que con el tiempo.

  Cuando escribía lo del amor, había algo que me faltaba. Yo creía en algo más. Leyendo luego unos comentarios sobre San Juan, leo que su evangelio es el evangelio de “la luz y el amor”. Claro, ¡era la luz! ¡Jesús es Luz! Creo en la luz, amo sus manifestaciones, como la luna, que me ha dado lumbre en estos años, y amo lo que pobremente puedo imaginar y concebir que es la sonrisa de María. ¡Cuánto quisiera poder compartir esta exclamación de Santa Teresita de Lisieux, que tuvo cuando niña!

“¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy!”

Una poesía para María

 En estos días, después de años de estar alejado del cristianismo, he vuelto a creer. Todo gracias a la Virgen. Dicen que María es un camino hacia Cristo, y doy fe que lo es. Como no me siento cómodo posteando estas cosas en el Facebook, armé este blog.

 Esta es una poesía que escribí hace unos días. Me hizo mucho bien, pues puso en imágenes lo que estaba sintiendo. Es todo por ahora. Que María les sonría.

Los pies, la orilla,
un árbol que se tiende
ofreciéndoles sombra.

las manitos sueltan una hoja;
el índice y la risa
la sonrisa hallada.

de los juncos
asoma un conejo:
el niño le ofrece pasto
y el conejo va con él.

la jovencita lo acaricia,
el conejo baja las orejas
cierra los ojos
y se queda.

el niño corre a la orilla,
a jugar con su barquito,
que es una corteza,
con la jovencita que lo mira
con el sol en los ojos.

el conejo sentado,
con las patas y la orejas levantadas,
los mira alejarse
hacia el cielo que enrojece.

ella le toma la manito
dejada suelta en su cuello
y le enseña la dulce estrella;
el pide un deseo
ella se sonríe
y lo besa;
el, duerme
ella, trémula
murmura una cancioncilla.

cae la noche,
la brisa pasa, perfumada de rosas,
el conejo
duerme.

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