Una oración a Santa Juana de Arco

 Hace muchos años que siento gran afecto por la doncella de Orléans. Siempre me fue de mucha inspiración y en tiempos de lejanía de Cristo, un motivo de contrariedad, pues no podía compaginar el que no dudara de su vida y que a su vez me afirmara como no cristiano. Juana, de alguna manera, fue quien no dejó que se me apagara la llamita que María habría de tomar en sus manos. Por esto, con mi reencuentro con Jesús, una de las mayores alegrías fue el pensar en que por fin podría tener una relación de Fe con Juana, de que podía creer en ella.

Hermann_Anton Juana de Arco
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Jesús y los niños

 «Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el Reino de los Cielos.»

 ¿De qué les habrá hablado Jesús a los niños, cuando éstos acudieron a Él? Imagino que Jesús estaría en silencio, dejando que los pequeños le contaran de sus cosas y le hicieran preguntas; entre las prédicas, las disputas de los rabinos y los ruegos de la gente, supongo que Jesús encontraría descanso, fuera de la oración y de los ratos que podría permitirse con su Madre, precisamente en la compañía de los niños.

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Llevar la Cruz con alegría

 En estos días me he propuesto esa intención, el pensar mis problemas como pequeñas cruces que debo cargar como lo hizo Nuestro Señor. Hasta hace poco, no más que una semana, procuraba confiarme, como enseña San Luis de Monfort en su tratado para la devoción mariana, a la dulzura de María, a su regazo tal como haría un niño; un camino sin dudas, como dice el santo, fácil y plácido si es que no abandonamos a los brazos de María de corazón.

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Orando con el Niño Jesús

 Hace unos días buscaba en la web acerca de la oración cristiana y encontré un comentario acerca de la oración imaginativa, donde se contaba de San Antonio de Padua, de que oraba imaginado que tenía al Niño en brazos. Busco más información, pero lo que leo es de la visión que había tenido el Santo durante una tarde de oración, cuando el Niño lo visita y se queda en sus brazos, no de su imaginación puesta al servicio de la oración.

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Madre, Madre, Madre

 Esta tarde, después de muchos años, fui a Misa bajo mi propia cuenta. Había salido a caminar y cuando volvía para casa, me dieron grandes ganas y necesidad de ir. Era lo que me faltaba para sellar mi vuelta a Cristo.

 Llegué con la Misa bien avanzada. La gente estaba por desearse la Paz, así que me puse contento, pues había llegado a tiempo para comulgar. Lo hice y me senté a darle las gracias a María, a mi manera, con una imagen suya en mi mente. Termina la Misa, el Padre habla de María, se da la vuelta, mira hacia arriba, hacia donde están la Virgen y el Niño, y todos empiezan a cantar. Fue maravilloso. Había muchos abuelos, el mismo Padre tenía sus años, y el hecho de que todos le cantarán a María, hablándole de que los acogiera como a niños, y cerrando con la repetición del “Madre, Madre, Madre” me conmovió. El canto, tan de gente sencilla, tan de pueblo, con tanto amor y esperanza que expresaba, fue como un regalo que me regresó a la infancia, a los años tan queridos de catecismo. Salí feliz de allí.

iglesia jesuítica en Córdoba-Argentina
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Orando con la Virgencita

 En la foto de abajo puede verse mi ventana y el jardín de fuera; yo estoy en sentado en la cama. La imagen de la Virgen, una de las varias con las que me acompaño todos los días, la pongo en ese sitio cuando me pongo a orar. Bueno, a intentarlo.

orandole a la virgen niña
 ¿Por qué esta imagen? ¿Y por qué orar con ella? Porque es la única que he encontrado de María con las manos en gesto de plegaria que me gustara, y también porque la inocencia que transmite, dado lo niña que se ve, me anima a imaginar que estoy orando como lo haría de ser un niño y que ella me lo está enseñando y que solo me pide que junte las manos sobre el corazón y la imite. Es una sensación muy linda. Como no me sale orar con palabras, esa imaginación, acompañada del Rosario entre las manos, es la única manera que tengo para hacerlo, al menos de momento.

 Por lo que he leído en varios sitios cristianos, no está mal valerse de la imaginación cuando oramos. Orar con la imaginación es muy hermoso.

El Caminito

 Leía hace unos días de Santa Teresita de Lisieux, de su vida y de su camino de abandono en Jesús. Me entusiasmó mucho. ¿Por qué nunca supe de su “Caminito”?

santa teresita de lisieux

 De adolescente, cuando tuve un fuerte fervor por Dios, solía abatirme ante lo duro de la senda estrecha; como no tenía más guía que las lecturas en solitario de la Biblia, pasajes como el de entregar todo a los pobres y andar con lo puesto me doblegaban grandemente el ánimo. Recuerdo una situación graciosa con el Apocalípsis. Lo había leído y no había entendido nada; a los días, veo en la tele a un cura que dice que para entender el Apocalípsis se precisaba no sé si de santidad o del Espíritu Santo. Fue escuchar eso para que me dijera, con el ánimo por los suelos: “ya está, estoy en el Infierno. No entendí el Apocalipsis, estoy condenado”. Y mejor no cuento lo que me pregunté (por suerte no pasó de una pregunta) cuando leí de San Pablo —si no me equivoco— acerca de los incircunsisos, ja.

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