María recibiendo a Cristo

 Leía ayer en este blog un pensamiento que me sacudió mucho la imaginación. El autor, partiendo del encuentro de Juan Diego con la Virgen de Guadalupe, reflexionaba sobre María como Madre y Niña, y llegado a un punto habla de Juan, del misterio maravilloso que habrá entrañado el que él, en su función de pastor de los cristianos, diera durante la Misa el Cuerpo de Cristo a la Virgen. Fascinante.

virgen de guadalupe2

 Como no soy muy entendido en estas cuestiones, no me aventuro a pensar el asunto más de la cuenta, pero bueno, ¿realmente habrá ocurrido que Juan diera de comulgar a la Virgen? ¿Hubiese sido posible, digamos, desde lo teológico? Pienso en el «llena eres de gracia», en la hermosa palabra, que acabo de conocer en estos meses, que es  «kejaritomene» , y se me ocurre que no. Pero, ¿no habría sido un consuelo, a la par de que una alegría y un dolor inmensos, para María el sentir a su Hijo nuevamente dentro suyo? Viendo lo que fue su vida de humilde y callado ejemplo, seguro que Ella habrá querido participar de la Iglesia como una cristiana más, y entonces sí, se podría suponer que la Madre recibió al Hijo en la Eucaristía, como debía todo cristiano. En fin. Un hermoso misterio.

  Que la Virgencita de Guadalupe los guarde.

Llevar la Cruz con alegría

 En estos días me he propuesto esa intención, el pensar mis problemas como pequeñas cruces que debo cargar como lo hizo Nuestro Señor. Hasta hace poco, no más que una semana, procuraba confiarme, como enseña San Luis de Monfort en su tratado para la devoción mariana, a la dulzura de María, a su regazo tal como haría un niño; un camino sin dudas, como dice el santo, fácil y plácido si es que no abandonamos a los brazos de María de corazón.

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El Caminito

 Leía hace unos días de Santa Teresita de Lisieux, de su vida y de su camino de abandono en Jesús. Me entusiasmó mucho. ¿Por qué nunca supe de su “Caminito”?

santa teresita de lisieux

 De adolescente, cuando tuve un fuerte fervor por Dios, solía abatirme ante lo duro de la senda estrecha; como no tenía más guía que las lecturas en solitario de la Biblia, pasajes como el de entregar todo a los pobres y andar con lo puesto me doblegaban grandemente el ánimo. Recuerdo una situación graciosa con el Apocalípsis. Lo había leído y no había entendido nada; a los días, veo en la tele a un cura que dice que para entender el Apocalípsis se precisaba no sé si de santidad o del Espíritu Santo. Fue escuchar eso para que me dijera, con el ánimo por los suelos: “ya está, estoy en el Infierno. No entendí el Apocalipsis, estoy condenado”. Y mejor no cuento lo que me pregunté (por suerte no pasó de una pregunta) cuando leí de San Pablo —si no me equivoco— acerca de los incircunsisos, ja.

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Amigos de nuevo

 Lamento, viejo, haberte negado en todos estos años. Creo en lo que está allá arriba*, porque creo en el amor, y esto lo aprendí de vos. Por eso, cada vez que te negaba, sentía que era un romano que pasaba y te escupía.

cristo en el cielo, y su madre No va a ser como antes, pues no puedo leer el Libro como antes y tampoco santigüarme, como piden algunos, ante otras creencias como antes. Pero, lo que importa está, ¿no?

  Y gracias, y esto te lo digo con lágrimas a tus pies, por dárnosla en la Cruz.

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 *Todavía no me sale usar la palabra Dios y no quiero imponerme a usarla. Supongo que con el tiempo.

  Cuando escribía lo del amor, había algo que me faltaba. Yo creía en algo más. Leyendo luego unos comentarios sobre San Juan, leo que su evangelio es el evangelio de “la luz y el amor”. Claro, ¡era la luz! ¡Jesús es Luz! Creo en la luz, amo sus manifestaciones, como la luna, que me ha dado lumbre en estos años, y amo lo que pobremente puedo imaginar y concebir que es la sonrisa de María. ¡Cuánto quisiera poder compartir esta exclamación de Santa Teresita de Lisieux, que tuvo cuando niña!

“¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy!”